Asistimos a un debate muy interesante en nuestra sociedad al que no me resisto a sumarme y más ahora que empiezan a leerse y oírse ideas y argumentos y no los consabidos insultos y descalificaciones no exentas de ira, a los que hemos asistido en estos meses.

No es un fenómeno único en nuestro país sino que viene arrastrándose desde hace varios años y que nace en EE.UU. y en los países musulmanes en los últimos años.

Me refiero al papel que deben jugar las religiones en la vida pública. Y más en concreto ¿cuál es el papel de las creencias religiosas en nuestra convivencia diaria?

Se sigue hablando de ciudadanos y creyentes como si fuesen términos contradictorios cuando no hay nada que impida (y de hecho la historia está llena de acontecimientos que así lo afirman) ser un buen ciudadano y un buen creyente. Otra cosa sería pedirles a los ciudadanos que fuesen creyentes, opción que es y debe ser voluntaria en todo momento y en todo lugar.

Además de ciudadanos y creyentes existe una tercera categoría, la formada por los cristianistas, aquellos que más que creer en Jesús de Nazaret son defensores del legado cultural del cristianismo y que defienden esta vinculación cultural como una exigencia de su propia fe porque de lo contrario esta estaría desprotegida al no estar integrada en su correspondiente cultura.

Piensan que una buena sociedad puede formar buenos creyentes en contraposición a los que piensan que solo buenos ciudadanos pueden crear una buena sociedad. El problema empieza cuando estos últimos intentan imponer sus puntos de vista a todos los demás .