
Tan juntas siempre a pesar de ser antagónicas, al menos así nos lo parece; pero no pueden desligarse, nacemos y no sabemos si seremos ingenieros, fontaneros, abogados, pero estamos seguros de que hemos de morir.
Lo sabemos y lo ignoramos hasta que llega el día.
En esos días nuestros familiares, amigos, conocidos irán a cumplir con su sentido cívico al tanatorio. Posiblemente algún familiar puede estar lleno de pena, llorando la perdida, pero lo más natural es que nos encontremos con unas conversaciones, llenas de
risas en ocasiones, que no nos hace sospechar para qué han ido aquellas gentes a ese lugar.
De tal manera que salvo las personas más afectadas por el dolor, el resto sigue, a pie juntillas el dicho: “el muerto al hoyo y el vivo…”.
Una forma como otra cualquiera de poner distancias entre nosotros y la muerte, como si cuanto más nos acercamos a ella, nuestra actitud fuera un canto a la vida.
¿Exagerado?
La próxima vez que vayáis a un tanatorio fijaros en la actitud de las personas a vuestro alrededor, mientras esperan han matado
al tiempo.





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No seas asi!!yo me he hinchado de llorar en velatorios,pero tambien de reir,teniendo en cuenta que es como un homenaje a las personas que se van,en esos momentos de tristeza viene bien recordar sus buenos momentos,no recordar solo la muerte...en el de mi padre reí y lloré,y mi padre se me murió al día siguiente de casarme,así que imagina el dolor,pero sigo recordandolo con alegría,pero esa noche en vela,la recordaré siempre,por que ví que así es mejor separarnos de nuestros seres queridos,con risas y alegria,dentro de la tristeza natural del momento.Abrazos
La fe no es más que un deseo abrazado. Un deseo tan intrínseco como oculto. Un inmortal, desasido argumento que trasciende de lo vulgar y se torna bello. Un reflejo condicionado del ama que la pureza busca cuando de la maldad se mofa. Un ungüento para el alma que tropieza, sin reclamar más destreza del haber sido por haberlo decidido. La locura de querer permanecer arraigado a algo que es más que tierra, más que deseo y se forja mientras crece superando humillaciones que entorpecen un sentir desmesurado que no encuentra otro equilibrio que la negación como argumento, lo vulgar como instrumento y un mal acomplejado. La verdad es una certeza sin argumentos ni precedentes. Un sentir que no abarca más que a uno mismo cuando desea conocer su destino a través de la comunión con la naturaleza. Un recuerdo perdido que no encuentra frustración más que en el olvido. Al abrigo de cuántos pudieron desmerecerlo y en virtud de la armonía muere el ser de aburrimiento sin haber visto el nuevo día. A lomos de la desdicha ajena encuentra en su fluir padecimiento. Redentores él y el viento de la culpa que amonesta del sentir, su indiferencia. Alma oculta que enmudece, por no querer a la vida y desprenderse de ella. Tan insulso que a cuánta verdad ajena aspire le incinere a la razón su procedimiento. Si la lógica se desmiente en un único argumento, sirva la lógica de ungüento a quienes no llegaron a perecer en la batalla. Si de razones se sirve, de corazones se alarma y expía del alma su vehemente tacto que no sea más que aire, y que se lo lleve el viento. Cuál bandido repudiado que por no haberse partido en dos se pierde entero.
La fe es esperanza, vida y más que milagro... Agua.
Una luz ténue pero clara, un querese a fuego lento, un saberse siempre a destiempo, un congelarse fugaz del alma. Un intacto que amece, un iracundo que enternece en los confines de un zapato, y que no sabe marcar el paso porque enmudecen de frío. Un resuelto advertimiento de que el tiempo hay que invertirlo en lo que precise, y el tiempo siempre requiere tiempo. Un sentimiento que en entumecidas almas sólo encuentra dolor ajeno, sentido propio, vulgar anhelo, estremecido miedo.