Tan juntas siempre a pesar de ser antagónicas, al menos así nos lo parece; pero no pueden desligarse, nacemos y no sabemos si seremos ingenieros, fontaneros, abogados, pero estamos seguros de que hemos de morir.

Lo sabemos y lo ignoramos hasta que llega el día.

En esos días nuestros familiares, amigos, conocidos irán a cumplir con su sentido cívico al tanatorio. Posiblemente algún familiar puede estar lleno de pena, llorando la perdida, pero lo más natural es que nos encontremos con unas conversaciones, llenas de
risas en ocasiones, que no nos hace sospechar para qué han ido aquellas gentes a ese lugar.

De tal manera que salvo las personas más afectadas por el dolor, el resto sigue, a pie juntillas el dicho: “el muerto al hoyo y el vivo…”.

Una forma como otra cualquiera de poner distancias entre nosotros y la muerte, como si cuanto más nos acercamos a ella, nuestra actitud fuera un canto a la vida.

¿Exagerado?

La próxima vez que vayáis a un tanatorio fijaros en la actitud de las personas a vuestro alrededor, mientras esperan han matado
al tiempo.