Más de 200 millones de personas no viven, ni trabajan dentro de las fronteras en las que nacieron y crecieron. Asistimos a discusiones sobre fronteras en las que la reflexión brilla por su ausencia; da la sensación de que usamos esa línea de color dibujada en un mapa como un dogma de fe que arrojar a la cara del otro. Nos hemos olvidado del trazado caprichoso que han tenido las fronteras durante la historia que conocemos, muchas de ellas son el resultado de guerras, de conquistas y reconquistas de matrimonios, de revoluciones o de una línea trazada en un mapa dentro de un despacho europeo.
Curiosamente muchos han sido los muertos por defenderlas; y sin embargo suelen cambiarse con relativa facilidad, en Europa en los últimos años hay más de 14.000 Km. de nuevas fronteras. Dentro de ellas viven ciudadanos que comparten un pasado y unos ideales relativamente comunes. Fuera, unos seres humanos intentan atravesarla en busca de un futuro mejor, pero son personas sin derechos, a los que en determinadas ocasiones se les da unos papeles que legalizan su situación ofreciéndoles garantías legales, permitiéndoles su desarrollo pero sin asimilarlos ni integrarlos, en realidad nunca serán ciudadanos. Por lo que su decepción puede ser terrible si después de varios años el progreso ansiado no llega. ¿Qué hacer? Volver a sus valores, sus creencias, su religión que les pueden servir de consuelo. Ahora hablamos de revueltas, después sugeriremos soluciones para no sufrir violencia en nuestras ciudades, pero ¿seremos capaces de buscar un cierto equilibrio de la distribución de la riqueza que es uno de los grandes culpable de todo?